miércoles, 24 de noviembre de 2010

Sobre algunos ridículos

La planeación de la cena de Navidad en mi casa es siempre un problema por los diferentes gustos que cada miembro de la familia tiene. Muchas veces hay alguien que no está conforme con lo que mamá cocinó para cenar, pero lo bueno es que en Navidad nadie se queja de la comida y todos procuran poner cara de satisfacción.

Papá es un fanático del salmón, y este año está haciendo un agresivo cabildeo para que el platillo estelar de Nochebuena sea el pescado rico en Omega 3 y otros nutrientes raros. Parece que a nadie más se le antoja.

Mamá siempre lucha para que cenemos romeritos y el famoso bacalao a la vizcaína. Como ella es la gobernante absoluta del cuarto en el que los complejos alimentos comienzan a vivir, siempre hay romeritos en la cena. El bacalao no corre la misma suerte por ser más pesado y chocar con otros platillos igualmente sustanciosos.

Piernas de pavo es lo que siempre demanda la hermana mayor. No importa qué cosa se vaya a cenar en Nochebuena, la primogénita tiene garantizado que mamá -aparte de lo que comemos los demás- le servirá la gigantesca extremidad del guajolote.

La otra hermana no se conforma con la pierna del ave,pide el pavo completo. La familia supone que no pide el platillo en cuestión sólo por el sabor, sino también, y principalmente, por la imagen de feliz familia unida que l pavo en la mesa es capaz de transmitir.

Por mi parte -los que me conocen lo saben muy bien-, siempre prefiero que el menú, cualquiera, no sólo el de Navidad, contenga una fuerte dosis de carnes rojas. El puerco no ejerce una fascinación tan fuerte sobre mi como la res, pero es medianamente aceptable. Las hamburguesas, aunque no las pido para Navidad, me encantan, y con mayor razón si la carne está bien condimentada.

En fin, ignoro si las otras familias que habitan esta pequeña esfera llamda tierra tienen los mismos problemas para escoger la cena navideña. En efecto, los lectores estarán pensando que muchas personas ni siquiera pueden "pelearse" por cuál debe ser el gran platillo en la cena de Navidad porque sencillamente no tienen qué comer.

En México ya es temporada navideña desde hace meses, pero es a partir de noviembre cuando las compras y el consumismo se empiezan a acentuar. Cada año se dice lo mismo un millón de veces, pero sí creo que es importante reflexionar sobre las grandes carencias que sufen algunas personas, mientras otras tienen de todo en abundancia (para tirar al final, por cierto).

De verdad espero que este años la cena navideña no sea motivo de discusión en mi casa. Ojalá todos -ustedes y yo- podamos pensar más en el sufrimiento de los pobres haitianos, por ejemplo, que se mueven de cólera a casi un año del terremoto que dejó a muchos isleños sin casa.

domingo, 21 de noviembre de 2010

De Duques, Duquesas, árboles y lunas.

Recientemente vi la película "La Duquesa", protagonizada por Kiera Knightley y Ralph Fiennes, en la que se relata la escandalosa vida de Georgiana Spencer, esposa del rico William Cavendish, Duque de Devonshire. La caja del DVD decía que la trama está basada en una historia verdadera.

La Duquesa, según se ve en la película, es extremadamente infeliz en su matrimonio, en especial por las continuas infidelidades de su marido. Georgiana aprende a tolerar las aventuras el Duque, pero la desgracia se apodera por completo de ella cuando descubre la relación adúltera que William mantiene con Bess, su mejor amiga y único consuelo. Ridículamente los tres viven bajo el mismo techo por 25 años; Bess será la amante, y Georgiana, la esposa. Eventualmente, Bess, al morir la Duquesa, se casa con el Duque.


Por despecho, Georgiana se ve involucrada en un intenso amorío con Charles Grey (quien por cierto se convirtió en Primer Ministro y en cuyo honor se nombró el exquisito té Earl Grey). Las aventuras del joven y agradable Grey con Georgiana traen como consecuencia el nacimiento de Eliza, niña que se vio obligada a crecer lejos de sus padres para evitar el escándalo.


El tema de esta entrada no es la película porque no soy crítica de cine, pero me da pie para contar lo que sucedió después de que termino la cinta. La leyenda "Basada en una historia verdadera" siempre despierta mi curiosidad, así que pensé que sería interesante investigar que tan cierto es el retrato que se había presentado de la Duquesa de Devonshire.


Todo es cierto: el matrimonio desastroso y vacío de amor, la aventura con Lord Grey, la existencia de Bess, el nacimiento de Eliza y la importancia de Georgiana en la vida política y social de la Inglaterra del siglo XVIII.


Como una cosa lleva a la otra, lo que empezó siendo una búsqueda sobre los Duques de Devonshire, terminó con el artículo que alguien publicó en la Wikipedia sobre Eton, la prestigiosa escuela inglesa de la que han salido diecinueve primeros ministros, incluido David Cameron. Llegué hasta ahí a través de complicados árboles genealógicos llenos de nombres desconocidos y sin mucha importancia, a pesar de que muchos ostentaban títulos de la elegante nobleza inglesa.


Es triste pensar que en unos años muchos de los que hoy habitamos la tierra terminaremos siendo un triste renglón en el árbol genealógico de algún extraño tataranieto que vivirá en la luna porque será contratado por una importante compañía interplanetaria. Y luego de varios años ni siquiera ocuparemos el renglón porque las ramas del árbol habrán crecido tanto que ya no existirá ningún espacio y porque tampoco respirará alguien que se acuerdo de nuestra existencia.


Yo sólo puedo llegar -sin contar las suposiciones históricas como Rob Roy, los Duques de Argyll y Nathan Hale- hasta Henry Laubscher y Catherine Schaeffer, pobres granjeros alemanes, bisabuelos de mi bisabuelo por el lado paterno. Lo demás, como se dice, es historia.

La Pluma y sus secuaces



Siempre pasa que las ideas no quieren salir de la linda casa tubular de plástico que las contiene. Seguro más de uno se escandalizará al pensar que la autora de estas líneas está considerando seriamente que a la hora de escribir no son las ideas que habitan en la cabeza las que finalmente quedan plasmadas en el papel. Dos grandes malosas, la mano y de la hoja de papel, son cómplices de la malvada Pluma que busca transmitir sus ideas destructivas.


La mano, con su pensamiento propio, acepta decirle que sí a la coqueta pluma que ha prometido darle una exquisita experiencia gracias a su trazo suave. ¡Qué pocas ambiciones tiene la mano! Y la hoja de papel cede porque se siente muy desnuda; La Pluma ha prometido remediar esta situación con un delicioso vestido de encaje negro que hará lucir espléndida a su cómplice.


El problema de La Pluma no es, por tanto, convencer a las muy tontas mano y hoja de papel para que presten sus atributos y servicios a sus malvadas intenciones. La Pluma es negra hasta su centro, y siempre ha pretendido ganarle a la cabeza en los momentos en que alguien trata de escribir. Si Don Cerebro trata de poner algo por escrito, la mano hace de las suyas, y las ideas de la buena masa gris nunca llegan a la hoja de papel.


La verdadera razón y único motivo por el cual La Pluma nunca ha podido conquistar al mundo valiéndose de las malosas es muy sencilla: las ideas que nadan y se pudren en su negro interior son tan flojas que simplemente no pueden abandonar su hogar perfecto. Cuando la mano logra acomodar a su nueva patrona en una posición cómoda para escribir, la casita de las ideas se calienta a la temperatura perfecta para éstas se puedan dormir. No quieren salir de la casa, entonces La Pluma sólo puede manipular a la mano para que escriba cualquier tontería.


Pero la peor desgracia para La Pluma es que la sustancia interior que mantiene vivas a las ideas y, por tanto, la esperanza de conquistar al mundo, se termina tarde o temprano. Si las ideas no despiertan cuando la mano escribe, la humanidad está a salvo.


Por cierto que los grandes pensadores que usaron piedra y cincel, plumas de pájaro, máquinas de escribir o computadoras para explicar el porqué de tantas y tantas cosas jamás se vieron atrapados entre las garras de La Pluma (las últimas dos palabras se deben leer de modo siniestro).

lunes, 11 de octubre de 2010

Los huéspedes de honor


Sentada en la estufa,

adentro de una olla

gritaba Rodolfa,

blanca y fea cebolla.


El agua caliente

quemaba su ropa,

pero el ajo en diente

pensaba en la sopa.


Harán un banquete

con sopas de pasta

y el ajo zoquete

tenía un hambre vasta.


La gorda cebolla

gritaba de dolor,

la gran ampolla

la hizo soltar sabor.


La chef Severa

tomó al tragón ajo,

con cuchara austera

lo mató de un tajo.


En la bella cena

probaron comida

pero es una pena

no tenían vida.

Las historias fantásticas de Luis


Yo crecí en la Ciudad de México. Durante el breve periodo en que fui estudiante de kinder, me divertí y sufrí mucho con las historias que mis pequeños coetáneos contaban sobre los muy temidos robachicos. Hace tanto tiempo que asistí al kinder que ya ni me acuerdo si la siguiente parte de la historia es verdad o producto de mi imaginación.

Una de las pequeñas pulgas que tenía como compañero era un chico sumamente delgado y blanco, algo así como una versión masculina de Merlina Addams. No me acuerdo cómo se llamaba, pero tenía cara de Luis o Daniel. El tema de los robachicos giraba en torno a la omnipresencia de estos seres monstruosos. Según contaba –llamémoslo Luis-, los malosos se aparecían hasta en las coladeras, listos para atacar al primer niño indefenso que vieran para arrastrarlo a un mundo subterráneo donde sería victima de las más terribles torturas: comer verduras todos los días y no ver televisión, es decir perderse el programa de los Tiny Toons.

Mi tierna mente infantil se creía todas las historias tontas que contaban mis compañeros durante la hora del recreo. Comíamos adentro del salón, sobre las típicas bancas en forma de trapecio que hay en todas las escuelas para pigmeos. Luis, mientras contaba sus historias fantásticas, solía masticar sus galletas y expulsar por la boca una delgada nieve café sabor canela. Yo vivía en constante miedo. Evidentemente ningún hombre salió de la coladera ni me metió el brócoli por la nariz, pero ahora me creo otras cosas muy tontas que varios Luises cuentan por ahí.

Bestias de aquí


Hoy llegó un perro a vivir con la familia, otro más en la larga lista de mascotas que han formado parte de la casa. Es un dálmata que mi hermana pequeña consiguió en adopción de una señora bastante exótica –tiene un café Internet decorado en el exterior con una pintura que muestra una parvada de flamingos– que forma parte de una asociación protectora o algo por el estilo.

De un tiempo para acá he notado que se ha puesto muy de moda todo lo que tiene que ver con los derechos de los animales. No entraré en planteamientos filosóficos para discutir sobre la dignidad de los animales porque nunca voy a dejar a nadie conforme. Lo que sí es claro es que hay personas, muchas personas, que últimamente se dedican a defender a los animales con más furia que a los niños que viven desprotegidos en las calles de esta ciudad.

Mi hermana es siempre una excelente fuente de anécdotas perrunas porque mantiene un intercambio regular de ideas con los socios de las organizaciones protectoras de animales. En una ocasión ocurrió que se peleó con una mujer completamente obsesionada con los perros. Sinceramente no recuerdo porqué surgió el conflicto, pero sí el hecho de que la mujer en cuestión insultó a mi hermana porque en mi casa valoramos más a las personas que a los animales.

Debo aclarar que no estoy de acuerdo con que algunas personas mutilen y torturen a los perros ni a ninguna otra clase de animal, pero tampoco me parece bien que se valore más a un animal que a un bebé. Mamá también es una rica fuente de anécdotas fantásticas: mientras ella caminaba por una tienda departamental, cuyo nombre evoca a un puerto inglés, una feliz familia hacia su propio recorrido por los pasillos atiborrados de gente. Lo particular de esta familia es que el inquilino de la carriola que llevaban no era un bebé, sino una perra con vestido, moños, holanes y toda la cosa.

A diferencia de cuando era niña, ya casi no se ven mujeres embarazadas, pero, al menos en mi colonia, casi todo mundo pasea a algún perro, aunque sea uno estilo rata mugrosa. Y me molesta porque también es cierto que la mayoría de los dueños desconsiderados jamás recoge los regalitos que sus tiernas y hermosas mascotas van dejando por ahí.

En el caso de los perros, como en prácticamente todo, se debe encontrar el equilibrio perfecto. Ni los perros ni ningún animal están para satisfacer la curiosidad y los deseos morbosos de los humanos, pero tampoco deben ser tratado como reyes. Es muy injusto lo que hacía, por poner un ejemplo, el actual mariscal de campo de las Águilas de Philadelphia, Michael Vick, quien en sus ratos libres se dedicaba a organizar peleas de perros. Pero también creo que es igual de injusto vestir a las perras de muñecas, subirlas en una carriola y llevarlas de paseo el domingo a la tienda departamental que la gente visita, cosa que considero como maltrato hacia los animales. Cierro con un poema que publicó George Orwell, escritor británico, en su excelente novela “Rebelión en la granja”:

Beasts of England, Beasts of Ireland,

Beasts of every land and clime,

Hearken to my joyful tidings

Of the Golden future time.


Soon or late the day is coming,

Tyrant Man shall be o'er thrown,

And the fruitful fields of England

Shall be trod by beasts alone.


Rings shall vanish from our noses,

And the harness from our back,

Bit and spur shall rust forever,

Cruel whips no more shall crack.


Riches more than mind can picture,

Wheat and barley, oats and hay,

Clover, beans and mangel-wurzels

Shall be ours upon that day.


Bright will shine the fields of England,

Purer shall its waters be,

Sweeter yet shall blow its breezes

On the day that sets us free.


For that day we all must labour,

Though we die before it break;

Cows and horses, geese and turkeys,

All must toil for freedom's sake.


Beasts of England, Beasts of Ireland,

Beasts of every land and clime,

Hearken well, and spread my tidings

Of the Golden future time.


Imagen: Pug (carlino) vestido como Marilyn Monroe. Cortesía: Life.com

viernes, 10 de septiembre de 2010

Éxito al estilo Glee


Supongo que esta será una entrada un poco cursi. Lo admito, veo Glee cada jueves o viernes en FOX, justo después de Los Simpson. Creo que la serie americana -cuya segunda temporada terminó hoy- deja un mensaje verdaderamente rescatable sobre la vida y algunas de las cosas que verdaderamente valen la pena.


Si bien es cierto que la multi premiada serie tiene algunas escenas que no son muy buenas, la temática general, en mi opinión, no gira alrededor de la decadencia de la juventud americana, sino sobre lo que verdaderamente significa el éxito.


El club glee es un grupo de chicos que se reúne cada cierto tiempo para cantar y bailar, sin duda, es un "materia" extracurricular. Lo peculiar del club es que se hacen torneos entre varias preparataorias de la región. Sin emabrgo, sin importar si los protagonistas de la serie ganan el torneo, siguen siendo losers (perdedores) en todos los sentidos posibles.


Rechazados por una generación cruel que centra muchas cosas en la apariencia física más que en los buenos aspectos interiores de la persona, los integrantes del club glee crecen, aprenden a confiar en ellos mismos y descubren las cosas que valen la pena: amistad, lealtad, sinceridad, etcétera.

No entiendo nada de lo que pasa en este mundo, pero sé que sí hay gente que se esfuerza por dar horizontes diferentes a las personas que va encontrando.
Imagen: adslzone.tv